😂 ¡A LOS 67 AÑOS DECIDÍ BUSCARLE UNA NUEVA ESPOSA A MI MARIDO PORQUE ÉL ASEGURABA QUE LAS MUJERES HARÍAN COLA PARA ESTAR CON ÉL! PERO CUANDO LA CUARTA CANDIDATA APARECIÓ EN NUESTRA PUERTA, MI MARIDO DE 70 AÑOS SE QUEDÓ PÁLIDO Y SUSURRÓ: «¡ELLA NO, POR FAVOR!». 🤣😱

Aquella noche le pregunté con cuidado a Víctor:

—Dime una cosa, ¿de dónde te viene esa cicatriz que tienes encima de la ceja?

Me miró sorprendido.

—Pero si ya lo sabes. Cuando era joven, me caí de la bicicleta.

—¿Estabas solo?

—¡Por supuesto que estaba solo! ¿Con quién iba a estar?

No dije nada.

Pero decidí que esperaría a la cuarta visitante pasara lo que pasara.

Sin embargo, la primera en aparecer fue Gertrudis, de sesenta y cinco años.

Era alta, delgada, llevaba el pelo corto y una bolsa de deporte.

—¿Es este? —preguntó mientras examinaba a Víctor.

—El mismo.

—¡Meta barriga!

Mi marido metió barriga automáticamente.

—¡Más!

—¡Ya no puedo más!

—Entiendo. Tenemos mucho trabajo por delante.

Gertrudis resultó ser una antigua profesora de Educación Física.

—Busco un hombre con quien llevar una vida activa —anunció—. ¡Salir a correr por las mañanas, montar en bicicleta y hacer senderismo por la montaña!

Víctor pareció interesarse.

—¿Y a qué hora se levanta usted?

—¡A las cinco y media!

—¿De la mañana?

—Naturalmente.

—A esa hora normalmente me estoy dando la vuelta en la cama.

—¡Pues tendrá que cambiar de costumbres!

Diez minutos después, Gertrudis había puesto a mi marido a hacer sentadillas.

En la séptima se puso rojo como un tomate.

En la novena empezó a negociar.

En la undécima anunció que acababa de recordar una cita urgente con el cardiólogo.

Cuando la visitante se marchó, Víctor se desplomó en su sillón.

—¡Margarita! ¡No vuelvas a invitar a esa mujer!

—¿Por qué? ¡Si se preocupa por tu salud!

—¡Quiere matarme a base de vida sana!

Al día siguiente vino Isabel.

Una elegante señora de sesenta y ocho años, con un pañuelo llamativo y una maleta enorme.

—¡Me encanta viajar! —anunció.

Víctor se animó inmediatamente.

—¡A mí también!

Apenas pude contener la risa.

El viaje más largo que había hecho mi marido en los últimos tres años había sido una visita al dentista.

—¡Entonces empezaremos con tres semanas en la montaña! —propuso Isabel.

—¿Y habrá hotel?

—¡Tienda de campaña!

—¿Restaurante?

—¡Una hoguera!

—¿Cuarto de baño?

—¡La naturaleza!

Mi marido palideció.

Pero el verdadero terror se apoderó de él cuando Isabel propuso vender nuestro viejo coche y comprar una autocaravana.

—¿¡Venderlo!? —protestó Víctor—. ¡Llevo veinte años conduciendo ese coche!

—¡Precisamente! ¡Ha llegado el momento de cambiar de vida!

Después de que se marchara, mi marido permaneció mucho rato sentado en silencio.

Finalmente dijo:

—Margarita, esa mujer es peligrosa. ¡Quiere quitarme el coche, la cama y un cuarto de baño como Dios manda!

La tercera en aparecer fue Leonor.

Una viuda de setenta y dos años con un carácter de hierro.

Inspeccionó el salón y empezó inmediatamente a cambiar los muebles de sitio.

—¡Aquí está todo mal organizado!

A los diez minutos ya había abierto el frigorífico.

A los quince, el armario.

Y entonces descubrió el sillón favorito de Víctor.

Un viejo sillón marrón, completamente hundido, que yo llevaba quince años intentando tirar.

—¡Esto tiene que ir directamente al vertedero! —declaró Leonor.

Víctor se levantó de un salto.

—¡Por encima de mi cadáver!

—No sea tan dramático. Compraremos uno nuevo.

—¡Llevo veinticinco años sentado en este sillón!

—¡Pues con más razón! ¡Como siga así, acabará formando parte de él!

Cuando Leonor se marchó, mi marido comprobó personalmente todas las cerraduras de las puertas.

—¡Margarita! ¿¡De dónde sacas a estas mujeres!?

Sonreí.

—¡De esa misma cola que, según tú, iba a formarse para conquistarte!

Me miró con desconfianza.

Pero no dijo nada.

El lunes, exactamente a las cuatro de la tarde, sonó el timbre.

Abrí la puerta.

En el umbral había una mujer hermosa, de cabello plateado, que llevaba una caja con una tarta casera.

—Soy Lidia. Hablamos por teléfono.

Víctor salió del salón.

La vio.

Y se quedó petrificado.

—¿¡Lidia!?

—Hola, Víctor.

—Dios mío… ¡Cuarenta y cinco años!

—Cuarenta y seis. Sigues siendo igual de malo con las cuentas.

Mi marido soltó una risa nerviosa.

Y entonces, por fin, lo comprendí.

Ante mí estaba su primer amor.

La mujer con la que había pensado casarse muchos años atrás.

—¿Y la cicatriz? —pregunté.

Lidia estalló en carcajadas.

—¡Ah, esa es una historia maravillosa!

Víctor se tapó la cara con las manos.

—Lidia, por favor…

—Éramos jóvenes. Víctor quiso impresionarme y decidió saltar una zanja con la bicicleta.

—¡Casi lo conseguí! —protestó mi marido.

—Por supuesto. Solo que la bicicleta se quedó a un lado y Víctor aterrizó al otro. ¡Directamente sobre unas matas de ortigas!

Solté una carcajada.

¡Durante cuarenta y dos años mi marido me había contado que se había hecho aquella cicatriz durante una peligrosa aventura en bicicleta!

Pero, de repente, Lidia se puso seria.

—Margarita, quiero decirle algo.

Víctor se tensó.

—Lidia…

—No, Víctor. Tiene derecho a saberlo.

Sentí que el corazón empezaba a latirme más deprisa.

—Hace unos años nos encontramos por casualidad en una reunión de antiguos alumnos —continuó—. ¿Y sabe lo que me dijo?

Negué con la cabeza.

—Que en toda su vida solo había cometido un error que realmente le había salido bien.

—¿Cuál? —pregunté.

Lidia sonrió.

—Casarse con usted, aunque después de nuestra discusión había decidido permanecer soltero para siempre.

Miré a mi marido.

Se había puesto rojo.

—Y hay algo más —añadió Lidia—. Me dijo que usted era la única mujer capaz de soportar su carácter.

—Eso es verdad —suspiré.

—Y después se pasó veinte minutos enteros contándome cómo prepara usted la tarta de manzana, cómo cuida de sus nietos y cómo una vez estuvo tres días buscando su dentadura postiza, que finalmente apareció en el bolsillo de su chaqueta.

No pude contenerme y estallé en carcajadas.

Víctor protestó indignado:

—¿¡Por qué tenías que sacar lo de la dentadura!?

Lidia me guiñó un ojo.

—Porque hombres buenos hay muchos. ¡Pero a las mujeres capaces de aguantar a hombres como tú hay que cuidarlas como un tesoro!

Cuando Lidia se marchó, le enseñé a Víctor el anuncio.

Lo leyó dos veces.

—¿¡Así que estabas buscándome una esposa nueva de verdad!?

—Por supuesto. ¿No decías que las mujeres harían cola por ti?

Mi marido permaneció callado durante un buen rato.

Entonces, de forma completamente inesperada, se arrodilló ante mí sobre una rodilla.

—Margarita, ¿quieres casarte conmigo otra vez?

Me quedé desconcertada.

—Víctor, ¿lo dices en serio?

—¡Completamente en serio! ¡Me he dado cuenta de que jamás encontraré a otra mujer como tú!

Ya estaba a punto de abrazarlo cuando añadió:

—¡Y lo más importante es que tú nunca me has obligado a hacer sentadillas!

Los dos estallamos en carcajadas.

Aunque, a decir verdad, Víctor no consiguió levantarse solo.

Tuve que ayudarlo.

Una semana después organizamos una comida familiar y anunciamos a nuestros hijos que habíamos decidido renovar nuestros votos matrimoniales.

Nuestro nieto más pequeño preguntó inesperadamente:

—Abuelo, ¿es verdad que la abuela intentó venderte por internet?

Todos se quedaron callados.

Víctor levantó los brazos indignado.

—¡Nadie ha intentado venderme!

—Por supuesto que no —respondí tranquilamente—. Yo te regalaba. ¡Y hasta incluía el sillón!

Desde entonces, mi marido ha dejado de criticar mis sopas, ha aprendido a meter los calcetines en el cesto de la ropa sucia e incluso friega los platos de vez en cuando.

Pero hace poco volvió a decir:

—Margarita, ¡las mujeres todavía se fijan en mí!

Sonreí.

—Por supuesto, cariño. Por cierto, ayer llamó Gertrudis. Preguntó si por fin estás preparado para correr cinco kilómetros.

Víctor se quedó callado inmediatamente.

Y después, por primera vez en cuarenta y dos años, fue a fregar los platos por voluntad propia.

¿Y sabéis qué he comprendido?

¡A veces, para que un marido vuelva a valorar a su esposa, basta con demostrarle cuántas otras mujeres están dispuestas a encargarse de reeducarlo! 😂❤️