Lenka estaba de pie en medio del mercado y casi lloraba de frustración.
Los ingresos y los gastos no cuadraban de ninguna manera.

Ni siquiera allí, entre tantas pequeñas tiendas donde los precios eran bastante razonables.
¡Qué cansada estaba!
Hasta las lágrimas, hasta los gritos, hasta rechinar los dientes.
Cansada de calcular, de recortar, de ahorrar.
Varya necesitaba botas nuevas, Stepan cuadernos de trabajo para la escuela.
De lo que necesitaba ella, Lenka, no se acordaba desde hacía tiempo.
Da vergüenza decirlo, pero incluso su ropa interior estaba remendada.
Pero no se quejaba, no quería hundir aún más a su marido.
No miraba vitrinas con vestidos, no entraba en las secciones de cosméticos, ni siquiera «para mirar».
¿Para qué? ¿Para torturarse el alma?
Y Dima sufría, ella lo sabía.
En silencio, con dolor, con dificultad.
Sufría por no ser un apoyo, por no ser el proveedor.
¿Y qué podían hacer?
Había que pagar la deuda.
Quería montar un pequeño negocio propio y encontró un local.
Pidió dinero prestado firmando un pagaré.
Juntos pintaron, empapelaron, limpiaron.
Ambos tenían los ojos llenos de ilusión.
Iba a ser una sala medieval: armas, escudos en las paredes, antorchas decorativas.
Combates escénicos, cocina medieval.
Planeaban recibir turistas en temporada, reservas para fiestas y eventos de empresa.
Ganar dinero haciendo lo que les gustaba.
Reformaron el local, Dima y sus compañeros crearon y probaron el programa, y Andréi, el coordinador, se encargaría de la publicidad y de contactar con las agencias de viajes.
Pero se puso a beber.
Gravemente, con episodios delirantes y ambulancias con sirenas.
No hubo clientes, ni dinero.
Pero la deuda seguía.
Y había que pagarla ya.
Lenka salió corriendo del permiso de maternidad, metió a la pequeña Varya en la guardería antes de tiempo.
En cuatro días encontró trabajo.
Y todo su sueldo se iba en pagar la deuda.
Dos vaqueros, tres jerséis de segunda mano.
A los treinta y seis años.
Y un solo pensamiento que no la dejaba rendirse: «Algún día esto se acabará».
Pero con el sueldo de Dima no vivían, sobrevivían.
Y ahora, Lenka, de pie en medio del mercado, calculaba dolorosamente qué comprar o no comprar, para que alcanzara para un kilo de mandarinas para los niños.
De pronto vio pasar una chaqueta conocida.
¿Dima?
Perfecto.
Le ayudaría a cargar las bolsas.
Pero ¿qué hacía él en el mercado?
—¡Dima!
Su marido se giró, y en sus ojos Lenka vio fastidio.
—¡Dima! ¿Para qué saliste? Ya lo compré todo. Toma, agarra las bolsas.
—Aún tengo que ir allá —dijo el marido, señalando hacia el centro comercial.
—¿Para qué?
—Para comprar un interruptor, el nuestro se dañó.
—¡Pero si ya lo compré!
Lenka vio que su marido mentía.
Se sonrojó, tenía la mirada enfadada.
Algo no estaba bien:
—Confiesa, ¿para qué ibas al centro?
No intentó ocultarlo:
—Conseguí algo de dinero extra, quería comprarte un regalo, una cadenita, aunque fuera de plata. Mañana es tu cumpleaños.
Una ola cálida la envolvió por completo, y los ojos le ardieron.
Se le había olvidado, completamente, su cumpleaños.
Pero su marido lo recordaba.
Y un regalo…
Dima trabajaba al límite de sus fuerzas.
¿Cómo había conseguido un trabajo extra?
Lenka no aguantó más, se lanzó a su cuello, lo besó.
Las bolsas cayeron al asfalto.
Con su sexto sentido femenino, profundo, comprendió: todo iba a estar bien.
Y esa cadenita de plata fina y modesta, comprada en el centro comercial, la llevó siempre.
Incluso cuando su marido comenzó a regalarle diamantes.
Porque ese tipo de regalos no tienen precio.







